martes, 20 de enero de 2015

No estoy hecha para esto.

Todo principio, parece perfecto, de color de rosas. Esto no solo sucede con las relaciones, ocurre constantemente en nuestra vida cotidiana. 
A finales de septiembre comencé mis estudios de universidad, me fui a la ciudad, lejos de mi familia y amigos, y me fui a vivir a un piso con otras dos chicas a las que no conocía de nada. 
Estaba emocionada por el cambio, me imaginaba tantas cosas fantásticas, tenía unas expectativas tan altas, que al llegar con mis maletas y mis mejores galas a la realidad me di de cabeza contra el suelo. 
Conocerás gente nueva y te acostumbrarás a una forma de vida distinta que te gustará, me decían. Y era cierto, pero se olvidaron de un pequeño detalle: todo lo que dejaba atrás para dar paso a lo nuevo. la cuestión es, ¿merece la pena todo el sacrificio? Si nos centramos en el tema del futuro, preparación académica y de más, obviamente sí. Sin embargo, pasan los días y al final, siempre llega la noche. Me paso la tarde tan ocupada que no tengo tiempo ni para pensar, pero al terminar, al llegar el momento de tranquilidad, me siento y me doy cuenta de que estoy sola. Me doy cuenta de que se me pasan los días estudiando y esforzándome para conseguir buenos resultados académicos, pero me doy cuenta de que me esfuerzo más de lo necesario y esto se debe a la soledad que siento. He optado como recurso de evasión los libros. 
Echo tanto de menos a toda mi gente, que todas las noches para mi son un calvario. Cuento cada día el tiempo que resta para el fin de semana y cuando este llega, es tan corto que ni me doy cuenta. Esos odiados domingos de despedidas, no sabéis cuanto duele, tener que despedir cada semana a todas las personas que quieres. Es sólo una semana diréis. Sí, es solo una semana, pero una semana de soledad, de ausencias y de tristeza. 

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